Articulando esfuerzos para el desarrollo rural







José Graziano da Silva
Representante Regional de la FAO
para América Latina y el Caribe



Uno de los resultados del largo periodo de subordinación de la economía y de la sociedad a la supremacía de las finanzas no reguladas fue la explosión de problemas sociales tras el colapso del sistema financiero.

En el plano internacional, la agenda de cooperación se hizo más rígida. Se perdió, entre otras cosas, la necesaria capacidad para armonizar dinámicas mundiales e iniciativas locales, una convergencia que es, al mismo tiempo, compleja pero obligatoria en una economía globalizada.

Es indispensable fortalecer las afinidades estratégicas para enfrentar los problemas comunes de los países en desarrollo, como el hambre y la pobreza, problemas que el sistema de precios del mercado no resolvió, ni resolverá.

América Latina y el Caribe tiene razones de sobra para buscar rápidamente ese nuevo posicionamiento estratégico, ya que la situación que generó la crisis sigue presente.

Esta vez, la crisis no quebró ninguna economía en la Región. Los países estaban mejor preparados, gracias a una providencial combinación de estabilidad y pragmatismo, basada en baja inflación, fortalecimiento del mercado interno y acumulación de reservas.

Otra diferencia importante se refiere a la acción de los gobiernos, que, como lo han hecho Argentina, Brasil, Ecuador, Guatemala, Nicaragua y Venezuela, transformaron el derecho a la alimentación en una política de Estado, contribuyendo a reducir el número regional de subnutridos de 53 en 1990 a 45 millones en 2006. Sin embargo, tras la crisis financiero-económica del 2006-2008, las cifras preliminares indican que, entre pérdidas y ganancias, el hambre regresó a los niveles de 1990/92.

No hay un fundamento agrícola que explique un retroceso tan abrupto en una región que tiene un superávit histórico en su producción de alimentos. El origen de esta desconexión está en la permanencia de las estructuras que reproducen el hambre y la pobreza. Esto fue aún más evidente en el campo y en la actividad agrícola. Mientras la producción aumentó un 30 % entre el 2000 y 2008, la reducción de la pobreza rural bajó sólo del 62 % al 50 % en el mismo período.

El aumento de los asalariados junto con la reducción de la renta de los productores por cuenta propia retrata la naturaleza excluyente de la modernización que se llevó a cabo en diversos países. Receta que sólo se sustentó gracias a transferencias de ingresos por parte del Estado a los excluidos, reforzadas, además, por las remesas enviadas por los inmigrantes.

En un ambiente marcado por eventos adversos de origen financiero, climático y sanitario, el desafío es potenciar la producción de los pequeños productores que representan, en algunos países, hasta el 70 % de las explotaciones rurales, el 40 % de la producción y generan uno de cada tres empleos rurales .

La 31ª Conferencia Regional de la FAO para América Latina y el Caribe, que se lleva a cabo del 26 al 30 de abril en la Ciudad de Panamá, ofrece un espacio privilegiado para diseñar una nueva agenda que promueva el desarrollo rural, en la cual políticas y programas nacionales se articulen y se coordinen con estrategias regionales para enfrentar problemas comunes.

Durante la Conferencia, en la cual participan delegaciones de Alto Nivel de los países miembros de la FAO en América Latina y el Caribe, además de observadores de la sociedad civil, otros países y organismos internacionales, también se debatirán temas claves para la Región, como el cambio climático y la situación de Haití.


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