Viaje a un futuro que ya había ocurrido







Luis Rocha


Me quema la palabra
VIAJE A UN FUTURO QUE YA HABÍA OCURRIDO



Lo malo del título de éste artículo es que desde ahí revela al lector su desenlace, cosa que en realidad no importa, pues además de no tener que constituir un secreto como el del manejo económico de éste reino, esto no es un cuento ni una novela. Por ello lo substancial espero que vaya a estar en su nudo y que entre todos lo logremos deshacer. El argumento de ésta historia verídica, es que una vez todo un pueblo abordó una inmensa nave espacial, pensando dejar atrás tiranías, hambre, sequías, guerras, inundaciones y terremotos, emprendiendo un viaje hacia el futuro, lleno de determinación y esperanza. Aquel éxodo a través de las galaxias más que una aventura era una revolución. Llevaban como guía a un hombre llamado, por variar, Moisés, cuyo nombre, dígase para que no vaya a ser que nos confunda o distraiga, no es relevante para esta historia, e incluso para disipar cualquier parecido con algún famoso personaje del pasado, aclaro que hasta palestinos iban en la nave aquella.

Toda clase de obstáculos tenía que ir sorteando, por décadas de viaje, la tripulación de la nave “Exodus”, pues su destino estaba a millones de años luz. Obstáculos internos y externos. Internos, porque después de mucho tiempo de viajar, aquellos millones de pasajeros comenzaron a inquietarse y al inquietarse a cometer desórdenes y delitos. Fue así como el Comandante Moisés se vio obligado a confinarse en la Cabina de Mando Absoluto, conocida como “Sinaí”, a redactar, a pedido de la sensatez y la cordura, un reglamento cósmico de al menos diez leyes básicas que sirvieran para regir el comportamiento de aquella población espacial, y contribuyeran a la bienandanza entre los humanos, con aquellas sabias premisas éticas y morales. En eso estaba, habiéndose tardado a lo sumo unos diez años en tan agotador menester, cuando aprovechándose de ello un oportunista llamado Arón –de todo hay en la viña del Señor-, quiso tomar el mando de la nave propiciando el relajo con orgías, e insufribles Tabernáculos de su Santidad Espíritu Santo y Fuego, estruendosos e insoportables, que a cualquier devoto lo hacían preferir las orgías. Ante aquel alboroto no pudo permanecer sordo Moisés, quien ya había terminado de sacarle tantos millones de fotocopias como pasajeros habían, a los dichosos diez mandamientos. Salió, y al ver aquella rebelión con holocaustos y sacrificios eucarísticos ante un becerro de oro, indignado levantó –probablemente con fuerza divina, pues más bien era devilucho- los pesados legajos de leyes, y comenzando por Arón agarró a los infieles a legajazos limpios, persuadiéndolos  con tal pedagogía de abandonar tan indigna actitud, y a continuación les leyó aquellos diez mandamientos que todos, entre contritos y arrepentidos, se comprometieron a cumplir ciegamente. Lo de ciegamente es lo que a mi no me gustó, pero ya eso sería material para una reflexión teológica, ajena a los propósitos de éste artículo.

No había pasado mucho tiempo de aquel suceso, a lo sumo veinte años, cuando se presentó un obstáculo externo de connotaciones internas: Una lluvia de meteoritos comenzó a caer, viéndose precisada la tripulación a proteger magnéticamente la nave activando el “Campo de Fuerza Impenetrable”, con resultados positivos hasta que cesó aquella avalancha que pudo ser mortal. Éste hecho, sin embargo, no motivó el agradecimiento de Arón –tenía que ser- ni de sus seguidores, quienes por el contrario burlonamente exclamaban que a falta de maná habían caído meteoritos del cielo, y que ahora solo faltaba que lloviera mierda. Y así fue. A quien fuera no le gustó aquel comentario y por meses se  desató un aguacero de mierda celestial, verdaderamente imparable. ¿De dónde podrá salir tanta mierda?, se preguntaba, sumida en la más absoluta oscuridad mierduna, la aterrorizada población espacial de aquella nave, igual a como nos hacemos la misma pregunta  el día de hoy en Nicaragua. Para darnos una idea, no se podía ver nada en el exterior y había que reemplazar constantemente los agotados parabrisas de las ventanillas. Parabrisas es un eufemismo, pues en este caso deberían llamarse Paratempestades. Cambiarlos requería que alguien accediera al exterior, y éste castigo, con justicia, se le asignó a Arón, quien de tanto hacerlo aprendió a nunca más abrir la boca, pues temió por el resto de sus días tragarse aquellos excrementos divinos.

Con el silencio de Arón cesó la tempestad, pero el viaje se tornó largo y tequioso, en el que se tendía a olvidar las lecciones del pasado y se comenzaba a avizorar éste presente mediocre, con un partido fascista de ropaje socialista; monarcas con su estirpe y decisión de eternidad, y la oposición más corrupta y pusilánime en la historia del universo. ¿Aquel temporal habría borrado la memoria histórica de nuestro pueblo?  Cercanos a llegar a Nicaragua, la Tierra Prometida, abrieron el gran visor para que todos pudiéramos contemplar lo que sería nuestro nuevo hogar. Pero nada nuevo había. Las caras viejas y malignas de los políticos. Todo era como el punto de partida. Aterrizamos en un desierto devorador, y entre decepcionados e iracundos, bajamos de la nave para quedarnos. Total: ¿A dónde íbamos a regresar?


luisrochaurtecho@yahoo.com
“Extremadura”, Masatepe, Nicaragua, 29 de abril de 2010.




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