El supermercado








Por Víctor Corcoba Herrero

corcoba@telefonica.net


ALGO MÁS QUE PALABRAS

Hemos convertido la vida en un supermercado, donde todo se compra y se vende y se interconecta por lo que uno vale, como objeto de deseo o, si quiere el lector, como género de uso. Es catastrófico tener que vivir así, con el abecedario del lucro en los labios y de la ganancia a cualquier costo, sin poder conocer el valor de la donación. Lo cruel es que en esta tienda no se distribuyen los recursos al servicio de la vida y el desarrollo; en todo caso, más bien al servicio de la destrucción de la persona. El fraude, la trampa, la imposición, todos ellos son productos que ahí están, muchas veces justificándose, para el mayor provecho y el mayor poder. Lo que nunca suele encontrarse en este local de negocios, es el artículo de la ética, que es el único que puede frenar el consumismo, el despilfarro, la dilapidación, y otras artimañas contrarias al bien común. Albert Camus, ya nos advirtió de sus efectos: "Un hombre sin ética es una bestia salvaje soltada en este mundo". Convendría considerar el aviso, máxime si nos interesa la humanidad, o sea nosotros mismos, a veces es cuestión de poner en práctica fórmulas saludables de humanización.

Resulta que los supermercados deshumanizadores y sanguinarios están a la orden del día. El más boyante el  supermercado del sexo, que publicita modelos de vida que son contrarios a la naturaleza más profunda del ser humano, pero que no entran en crisis. La mujer y los niños son las principales víctimas de este mercadeo. La demanda de la pornografía es tanta, que el negocio está asegurado. Es un mercado que hoy sigue creciendo como la espuma. Los tratantes no tienen escrúpulos y reclutan a sus presas, unas veces mediante el cheque del engaño, otras mediante el rapto, y en ocasiones abonando una cantidad ínfima a su propia familia. Asimismo, está muy extendida la servidumbre por deudas a estos traficantes de carne humana, casi de por vida, que no tienen corazón y mucho menos moral alguna. En esta cadena inhumana comercial, mujeres y niños son llevados a la lonja  por unas mínimas viandas, allí dentro se les coacciona, injertándoles en vena el miedo en el cuerpo. A partir de ese momento, son pura mercancía de una industria mundial que mueve uno de los mayores beneficios, dominada por grupos de delincuentes organizados, que suelen operar con total impunidad.

Todo este cúmulo de despropósitos generan verdaderos desatinos. Lo cierto es que estamos rodeados por mil supermercados del vicio y, por consiguiente, tenemos muchos amos que nos dominan a su antojo, restándonos la libertad que precisamos para poder ser nosotros mismos. Desde luego, comparto con Charles Baudelaire, que "el más irreprochable de los vicios es hacer el mal por necedad". O sembrar el mal por divertimento.  Oponerse a la vida, violar la integridad de la persona humana, torturar, comercializar con seres humanos, son claros ejemplos de incultura, de barbarie, de atraso, de ignorancia, de decadencia social. Ante estos hechos reales, la pregunta surge de inmediato: ¿Podemos dejar que esta sociedad enviciada nos venza, es decir, nos avasalle y nos mercadee a su manera? Pienso que ha llegado el momento de poner orden ante tantos desórdenes, pero no un orden a base de venganzas, sino un orden sustanciado en el bien. Considero que la resignación o el ceder, para nada va a contribuir a que el supermercado se humanice. Todo lo contrario, debemos extirpar los vicios cuanto antes. Ya se sabe, tomar la idea cervantina de que la senda de la virtud es muy estrecha y el camino del vicio, ancho y espacioso, puede ser una buena manera de tomar aliento y estar en guardia.

La mejor protección siempre es el respeto. Uno tiene que apreciarse asimismo. Sólo, de esta manera, se puede frenar el aluvión de supermercados  insensibles, que no se reverencian ni ante los derechos humanos. Está visto que cuando los que gobiernan, lo hacen sin  moral, suele pasar que los que obedecen pierden también la vergüenza. Y así, una buena parte de la humanidad también se ha ido al autoservicio de las fórmulas magistrales, como queriendo despojarse de todos los dolores. De esta forma, surgió el abuso de medicarse contra todo y para todo, sobre todo entre las gentes del mundo del sobrepeso y la obesidad. También este supermercado se mueve por el lucro, no iba a ser diferente al sistema del dividendo, que don dinero establece. En cualquier caso, los resultados de esta usura no se han hecho esperar: buena parte de las enfermedades infecciosas se han vuelto resistentes al arsenal terapéutico que nos hemos metido entre pecho y espalda. La cuestión es tan alarmante, que este año la Organización Mundial de la Salud, coincidiendo con el día mundial (7 de abril), no ha tenido más remedio que recordarnos que este uso inadecuado de los fármacos ocasiona riesgos para la vida. Los excesos, más pronto que tarde, pasan siempre factura, dejando un futuro incierto. Debiéramos haber tomado por lección, lo que ya recetó al mundo Sigmund Freud, al diagnosticar que "la ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas".

Consecuentemente, estimo que hemos de cambiar de supermercado, y poner la bondad como principio de transacción y el respeto por los demás como condición apreciable. El someterse a un supermercado de ofensas es despreciable. La vida no se ha hecho para mercadearla, sino para vivirla, sabiendo que cada día es un pequeño sorbo de fortaleza. Cerremos, pues, todas las tiendas que no consideran al ser humano como una persona que precisa de la atención de todos. Dejemos, al menos, que cada ciudadano pueda forjar su propia grandeza como ser humano. Es lo menos que se puede pedir.


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