El honor no se compra









Por Edmundo Jarquín


Estuve esta semana en Nueva York y me comentó Danilo Arbilla, destacado periodista uruguayo y ex Presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), que el premio al periodismo María Moors Cabot que cada año otorga la Universidad de Columbia tiene una característica especial, además de su enorme prestigio mundial.

“Su dotación económica es insignificante, me dijo Danilo. De hecho, quien viaja a Nueva York a recibirlo termina gastando más de lo que recibe por el premio. Pero el honor es inmenso, agregó, y ese honor no se compra, se tiene o no se tiene, y se conserva o se pierde. Ese premio reconoce una trayectoria, una vida, no un acto en particular, terminó diciendo”.

Este año, entre los 4 galardonados por el premio María Moors Cabot, estaba Carlos Fernando Chamorro, el segundo nicaragüense en recibirlo en los 72 años que lleva el premio de estar instituido. El primero fue su padre, Pedro Joaquín, en 1977, dos meses antes de su asesinato.

Como ya escuché voces Orteguistas descalificando el premio a Carlos Fernando, solamente quisiera comentar que el Decano de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, Nicholas Lemann, cuando presentó a Carlos e historió brevemente su trayectoria periodística, empezó mencionando su destacado trabajo profesional como Director de Barricada, el que fuese Órgano Oficial del FSLN. Es decir, el otorgamiento del premio no tuvo motivación ideológica, sino el reconocimiento a una trayectoria profesional, y el honor con el cual Carlos ha ejercido el periodismo.

Ese honor que no se compra, se tiene o no se tiene, se conserva o se pierde, y allá aquellos que lo han perdido o vendido.

Periodistas sin empleo

Otro de los galardonados con el premio María Moors Cabot fue Joaquín Ibarz, por varias décadas corresponsal desde México para la Vanguardia de Barcelona.

Joaquín, quien tiene un cáncer terminal del cual tiene conciencia, dijo en su breve discurso de aceptación del premio, que cuando en 1992 se firmaron los Acuerdos de Paz de El Salvador, varios corresponsales extranjeros  comentaron: “¿Y ahora qué vamos a hacer, si se acabaron los conflictos en Centroamérica?”.

Poco antes de la ceremonia de premiación me saludé a Joaquín, quien al reconocerme me dijo que recién había hablado de mi  -seguramente con algún miembro de la copiosa delegación de periodistas, hombres y mujeres, que desde México habían viajado para acompañarle, en una emotiva manifestación de amistad-  y agregó que Nicaragua con sus problemas estaba dando de nuevo trabajo a los corresponsales.

Y, obviamente,  no se refería a la epidemia de leptopirósis que está estragando a los pobres de Nicaragua, ni a la catástrofe de las lluvias de agosto y septiembre, sino a esa catástrofe de la historia, que se creía página pasada, que es Daniel Ortega.

Fuera del discurso

Fue otra coincidencia -no coincidencia, sino los años que has vivido, me dijo mi esposa Claudia-  que también conocía a otro de los cuatro premiados. Es Norman Gall, estadounidense de nacimiento y quien vive desde 1977 en Sao Paulo, Brasil.

Después de haber reportado desde varios países, Norman fundó en Sao Paulo el Instituto Fernando Braudel. Sus publicaciones, los llamados “Documentos Braudel” son la quintaesencia de la defensa de la libertad, desde el pensamiento socialdemócrata, del cual formo parte.

Cuando nos saludamos, le comenté de Nicaragua, de cuya situación estaba enterado.

Pues bien, Norman en sus palabras de agradecimiento se salió del texto del discurso, y cuando desde la atalaya de sus más de 50 años de periodismo sobre América Latina hablaba del prometedor panorama democrático y de crecimiento económico de la región, dijo que había, además de la excepción de Venezuela, la de Nicaragua.

Al final del acto comenté a una periodista americana que había viajado para acompañar desde México a Joaquín Ibarz: “Ves, no te quedarás sin trabajo, porque los problemas de Nicaragua apenas empiezan”.

¿Es la edad, o el cambio lo que importa?

A propósito de la edad, que mi esposa se encargó gratuitamente de recordármela con motivo de mi encuentro con Norman Gall, ocurre que  estando en un restaurante de repente me dijo: “¡Cuánta gente joven en este lugar!”. Miré alrededor y noté que la edad promedio era como 50 años, debajo de la edad de mi esposa y mía. “Claro, jóvenes para nosotros, le dije, lo que confirma aquello que jóvenes son los que tienen la edad de uno, o menos”.

Pero de inmediato recordé algo de lo que tengo total conciencia: la edad no es la antípoda del cambio. Ser jóvenes de edad no significa cambio, como lo valida el gran conformismo que se encuentra en algunos jóvenes. En sentido contrario, ser viejo no significa conservatismo, como lo señaló Fabio Gadea Mantilla quién dijo hace dos semanas en Masaya: “Mejor un viejo demócrata, que un joven dictador”. Claro, se refería a Daniel Ortega, que siendo más joven que él, representa el conservadurismo, el continuismo, más de lo mismo. Y Fabio, en cambio, por años que tenga, representa el cambio que la inmensa mayoría quiere.

Elecciones creíbles

Despejando entre toda la cortesía diplomática de las declaraciones del Subsecretario de Estado para América Latina de los Estados Unidos, Arturo Valenzuela, quien estuvo de visita en Nicaragua, hay una frase que no puede echarse en saco roto: los Estados Unidos tendrán relaciones normales con cualquier gobierno que sea resultado de elecciones creíbles, dijo.

¿Alguien en su sano juicio cree que podremos tener elecciones creíbles con el actual Consejo Supremo Electoral, cuyo Presidente, quién se ha destapado con una ofensiva campaña contra la Jerarquía Católica, fue el  mismo que en 2006 contó los votos para que Daniel Ortega fuera Presidente, y después presidió el robo a favor del Orteguismo de más de 40 alcaldías en noviembre de 2008?

Entonces, ya sabemos lo que quiso decir Valenzuela, que no es diferente a lo que ha dicho el resto de la comunidad internacional.

Supongamos

Haciendo cuentas más alegres, un asesor presidencial como por arte de magia sacó a todos los nicaragüenses de la pobreza e hizo que nuestro país cumpliera con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM).

Según reportó El Nuevo Diario, ese asesor dijo: supongamos que un pobre vive cerca de un centro de la Empresa Nicaragüense de Abastecimiento Básico (ENABAS), y compra a 10 córdobas la libra de frijoles, en vez de los 22 córdobas que se pagan en los mercados, entonces ese pobre deja de serlo porque podrá comprar más de dos libras de frijoles con el mismo dinero y así comerá más del doble de “gallopinto”.

Supongamos, agregó, que ese pobre consigue además un préstamo a bajo interés del programa presidencial Usura Cero, entonces ese pobre al pagar menos intereses tendrá más ingresos y saldrá de la pobreza.

Y así siguió con los supongamos, hasta que sacó a todos de la pobreza, olvidando que más del 95% de los nicaragüenses ni viven cerca de un centro de ENABAS, ni conocen el programa Usura Cero.

Con esa lógica, voy a ayudarle al flamante asesor presidencial no solamente a hacer desaparecer a los pobres, sino a convertir en ricos a todos los nicaragüenses: supongamos que usted tiene 400 varas de tierra, y si no las tiene sobrará quién se las preste con el negocio que usted hará, y con la garantía de esas 400 varas el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS) le da un préstamo, que usted nunca pagará, de un millón y medio de dólares, entonces usted no solamente dejó de ser pobre, sino que se volvió rico. Claro, para eso hay que ser el “Comandante de la Revolución” Tomás Borge. Y tener su ética.

Se autoriza y agradece su reproducción  y circulación


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