El espejo venezolano







Por Silvio Avilez Gallo


Las elecciones del domingo 26 de septiembre en Venezuela constituyeron una verdadera sorpresa, sobre todo para el dictador Hugo Chávez, que no obstante controlar totalmente todos los poderes del Estado y haber manipulado el proceso electoral para ajustarlo a su conveniencia, no logró hacerse con la mayoría necesaria para lograr sus propósitos de allanar el camino para su reelección indefinida y aprobar todas la reformas para hacer realidad el llamado socialismo del siglo XXI.  La oposición antichavista, que había cometido el error de marginarse del anterior proceso electoral y permitió, de esa manera, que el Congreso Nacional fuera controlado 100% por diputados del PSUV, esta vez presentó un frente unido que le permitió casi la igualdad de la votación popular con el chavismo, con apenas una diferencia de poco más de 100 mil votos.

Si bien es cierto que merced a la amañada distribución de las circunscripciones electorales y el modernísimo sistema del voto digital que permite la manipulación de los resultados por el Consejo Nacional Electoral y que está diseñado a la medida de las pretensiones de Chávez, el oficialismo habría obtenido sólo 98 diputados, en tanto que  la oposición alcanzó 65-- siendo que la lógica habría sido un empate virtual en la representación ante el Congreso--, el resultado ha significado una importante complicación para las aspiraciones del dictador, que ahora deberá variar su estrategia para adaptarla a la nueva situación.  Está más que claro que la oposición unida logró asestarle un golpe certero a la dictadura y que de haberse presentado fragmentada ante la aplanadora chavista, el resultado habría sido una victoria arrolladora para el oficialismo continuista.

En contraste, la oposición no sandinista en Nicaragua continúa sin encontrar un elemento aglutinante, un mínimo común denominador, que permita conciliar las distintas posiciones partidarias del abanico político y logre presentar un candidato único capaz de derrotar al danielo-murillismo, que hasta ahora, según las últimas encuestas, se alzaría fácilmente con la victoria sin tener que recurrir al fraude electoral descarado como en el pasado.  Escasamente a un año de la crucial elección presidencial en noviembre de 2011, el panorama es desolador y desalentador para la oposición democrática y para las aspiraciones de la inmensa mayoría del pueblo nicaragüense, deseosa de un cambio radical para recuperar la endeble democracia que se encamina irremediablemente hacia una debacle que la llevará a la desaparición de lo que resta del pisoteado Estado de Derecho y del régimen de libertades individuales.

Para superar este escollo, todo lo que se requiere es un poco de patriotismo, virtud que anda de capa caída desde los inicios de la vida independiente en Nicaragua, donde lo que ha imperado es la corrupción, el egoísmo, el personalismo, el caudillismo y la ambición desmedida de los dirigentes de turno. La historia de Nicaragua es una trágica sucesión de golpes de Estado, pronunciamientos, lomazos, levantamientos, guerras fratricidas y odios feroces que se han traducido en el empobrecimiento paulatino del pueblo, que siempre pone los muertos, mientras los políticos se cargan con la poca riqueza del país; y la pérdida de enormes extensiones del territorio nacional a manos de mercenarios extranjeros inescrupulosos y de países que han sabido aprovechar la desunión de los nicaragüense en beneficio propio.

La falta de escrúpulos y principios éticos y morales de la clase política ha terminado por hundir cada vez más al país en el foso del subdesarrollo y la pobreza. En lugar de transitar resueltamente hacia el siglo XXI hemos retrocedido lastimosamente al siglo XIX y nuestra historia se ha reducido a un eterno recomenzar desde las ruinas dejadas por la ignorancia, por la falta de cultura cívica y por la ambición de la dirigencia política, que ha convertido el “cañonazo” en el argumento supremo de la sinrazón, la codicia,  la maldad y el sometimiento.

Venezuela nos ofrece un espejo que refleja fielmente la imagen de lo que puede hacer una oposición unida. Pero si nos empeñamos en continuar practicando el  canibalismo político entre nosotros, ante la mirada socarrona de los mastines enemigos de la democracia, que ya saborean su presa y se relamen el hocico ante la perspectiva de una fácil como predecible victoria, no nos lamentemos mañana de nuestra suerte ni lloremos como débiles mujeres abusadas por los convivientes de turno lo que no supimos ni pudimos defender con hombría y dignidad.  De continuar por esa ruta —y parodiando al tristemente célebre filibustero— habremos de colocar un gigantesco rótulo que diga:

“¡Aquí fue Nicaragua…!



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