El amor de madre es un árbol de hoja perenne







El amor de madre trasciende los límites de la abnegación, del sacrificio y hasta de las fronteras patrias, cuando se trata de buscar un futuro mejor para sus hijos / Imagen de José Leonel Mendoza


Por Silvio Avilez Gallo


En la febril actividad que caracteriza al mundo moderno el tiempo es un bien cada vez más escaso para la mayoría de las personas. Hoy día se habla de globalización, de los altibajos de la bolsa, de los últimos adelantos de la revolución tecnológica, el deporte acapara los titulares de los diarios y constituye tema obligado de conversación. Hasta la familia ha perdido el valor de antaño, se le dedica menos tiempo y es objeto de acoso por fuerzas que se empeñan en debilitarla o destruirla.  

No siempre todo tiempo pasado fue mejor, como se dice, pero cuando nos referimos a la familia se echa de menos la fortaleza de los vínculos que solían ligar a padres, hijos, hermanos, abuelos, tíos, primos, en fin, toda la extensa red de afectos nacidos de la sangre y del corazón. Por ello, es bueno que se haya establecido un día para rendir públicamente tributo a la madre, piedra angular de la familia, viga maestra del hogar, aunque ello obedezca también a evidentes fines comerciales.

La madre debe recordarse no un día en especial, sino todos los días, porque a diario comprobamos el significado del amor puro, el valor del sacrificio, la nobleza de la abnegación. Todo eso y mucho más es la maternidad: es un regalo inestimable que Dios nos hace y que confiere a la mujer la plenitud de su desarrollo como ser humano.  Si se nos ablanda el corazón al observar cómo el sentimiento materno aflora en los animales inferiores dentro de la escala biológica,  si nos estremecemos hasta las raíces del alma cuando nos enteramos que el pelícano se desgarra el pecho para nutrir con su sangre a las crías cuando no consigue alimento, ¿cuánto más debería conmovernos la certeza que la madre está dispuesta a todo, hasta ofrendar su propia vida con alegría, fe y felicidad por el fruto de sus entrañas?

Ser madre es un privilegio. Ser madre biológica, una bendición. Ser madre adoptiva, una predilección, porque la maternidad es uno de esos secretos que nunca podremos descifrar, ya que nos adentramos en el reino inefable del amor, donde las lágrimas derramadas se convierten en gotas de rocío, la sonrisa del hijo en reflejo del alma, donde las caricias tienen la tersura de la seda y la delicadeza de los colores del otoño, el llanto solitario la pureza de un manantial subterráneo y la muerte por parto el gozo de traer al mundo una criatura de Dios.  Ser madre por privilegio biológico o por adopción es identificarse en el mismo amor que siente por el hijo la campesina, la obrera, la pobladora, la profesional, sentir las mismas penas, gozar con las mismas alegrías, soñar las mismas esperanzas, sufrir los mismos desengaños. Pero ser madre, sobre todo, es participar del misterio del amor, ser guardiana del don de la vida, dispensadora de bondad, refugio de las penas, caja de resonancia de la felicidad, apoyo incondicional del desvalido, corazón siempre dispuesto a perdonar, fuente inagotable de bendiciones, brazos siempre abiertos para acoger.

Meditemos en este día en todo lo que debemos a nuestras madres. A aquellas que aún viven manifestémosles nuestro amor fundiéndonos en un apretado abrazo, en comunión de espíritus y de sentimientos.  A las que ya nos dejaron, recordémoslas con los ojos cerrados, elevemos en silencio una plegaria de gratitud e imploremos su bendición, porque el amor de madre es un árbol de hoja perenne, raíz profunda, copa frondosa, fruto delicioso, flores  que alternan del rojo al blanco y cuyo perfume no termina con la muerte.



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