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El ser humano en crisis

El ser humano en crisis







Por Silvio Avilez Gallo

En una de sus acostumbradas homilías desde la Casa de Santa Marta, el Papa Francisco se refirió recientemente a las crisis de todo tipo que sacuden y estremecen al mundo contemporáneo y que amenazan con provocar el colapso total de la sociedad internacional. Con una valentía pocas veces vista, denunció y acusó con extrema dureza a los responsables de esta situación, principalmente a los que manejan las relaciones económicas y financieras, tanto a nivel nacional como en sus ramificaciones internacionales. Fustigó directamente a quienes anteponen el afán desmedido de lucro a cualquiera otra consideración, a aquéllos que adoran como único dios al dinero y su acólito el poder, por los que están dispuestos a sacrificar en el altar de la codicia absolutamente todo y a todos los que se interpongan en su camino. Al final de esta insólita catilinaria en boca de un Pontífice, dijo con profunda tristeza que lo más grave de todo y la causa fundamental de este descalabro hay que buscarla en la crisis, al parecer terminal, que afecta al hombre, es decir, a la especie humana.

El Obispo de Roma, que se ha caracterizado por su franciscana sencillez y humildad —lo que paradójicamente ha molestado a más de algún católico y también ha merecido al parecer la censura de cierto sector de la Iglesia—, tocó un punto medular que amerita profundas y detenidas reflexiones. No es que se reproche al Papa Francisco de ser un retrógrado trasnochado que está en contra del modernismo, de los adelantos de la tecnología, de las innovaciones de la ciencia, del progreso material y otros aspectos que tienen que ver con la mejoría del nivel de vida en general, sino que sus detractores lo atacan porque su preocupación se centra en una cruzada por  la ética, la verdad y los valores cívicos y religiosos que paulatinamente han ido desapareciendo de la conciencia del hombre como ciudadano y como creatura de Dios. 

La crisis que vive la familia tradicional, antaño anclada en el matrimonio indisoluble de un hombre con una mujer y actualmente caracterizada por el emparejamiento y las uniones entre personas del mismo sexo, se ha traducido en la renuncia de los padres a responsabilizarse por la educación y el cuidado de sus hijos, al ejercicio de su autoridad y a su formación moral. Los valores que se inculcaban a los hijos se han visto desplazados por antivalores basados en el relativismo, según el cual nada es intrínsecamente bueno o malo, en la permisividad alienante que marca desde muy temprano la personalidad y el carácter de los hijos, en el imperio de la mentira disfrazada de verdad, en la carencia total del verdadero amor y en la exaltación de un egoísmo desenfrenado que ha transformado la sociedad en una verdadera jungla.

El niño que carece de la necesaria guía de sus padres y posteriormente de sus maestros, el joven que se siente confundido y atraído por la violencia que fácilmente hace presa de su inexperiencia y falta de valores esenciales, serán mañana víctimas de la delincuencia propiciada por el libertinaje social y moral.  Como consecuencia lógica, prolifera la corrupción en todos los niveles de la sociedad, se desmoronan las instituciones democráticas y el Estado de derecho, desaparece la cultura cívica, se desvanece la justicia, en tanto que la honradez se considera como algo propio de individuos tarados. El Papa describe un panorama realmente desalentador y propone combatir el mal desde su raíz. De paso, nos recuerda que debemos fortalecer nuestra fe en Dios, practicar la solidaridad para con el prójimo, aceptar el sufrimiento y nuestra propia cruz como parte del crecimiento espiritual y no abandonarnos en brazos de una cultura hedonista, como la que se vive actualmente.

Como era de prever, la reacción de los sectores que se sienten directamente aludidos y amenazados no se ha hecho esperar y de inmediato han comenzado a aparecer en los medios y en las redes sociales virulentos ataques al Pontífice, que hacen temer, por sobradas razones, por su seguridad personal.  Recordemos el precedente del Papa Juan Pablo II, víctima de un mortal atentado en 1981 por parte del extremismo intolerante, que nunca le perdonó su valerosa denuncia del totalitarismo y la falta de libertad que sufrían millones de seres humanos y que a la postre se tradujo en el derrumbe de un sistema opresor e inhumano.

¿Cómo no hablar de la crisis que amenaza al hombre cuando éste se ha convertido no sólo en depredador de la naturaleza sino en verdugo de su propia especie?¿Cómo no alarmarse si los mismos tribunales, supuestamente encargados de impartir justicia, han avalado la eliminación de la existencia de los no nacidos y cohonestado el monstruoso crimen de infanticidio, bajo la falacia insostenible de un disparate jurídico denominado aborto “terapéutico”, so pretexto del espurio y supuesto derecho de la mujer de disponer de su cuerpo como mejor le plazca y de paso deshacerse de una vida que no le pertenece?  Para ser congruentes, ¿no es acaso el derecho a la vida el primero de los llamados derechos humanos? 

La respuesta de la naturaleza tampoco se ha hecho esperar y así vemos cómo el abuso despiadado de la tala de bosques, la contaminación del aire que respiramos y la saturación del medio ambiente con desechos tóxicos se han traducido en el calentamiento global, en el paulatino pero catastrófico derretimiento de los casquetes polares, en cambios climáticos que alternan grandes períodos de sequías con pavorosas inundaciones, en devastadores ciclones y en frecuentes terremotos que se encargan de manifestar la protesta de la Tierra por estos atropellos.

Si a lo anterior agregamos que el irrespeto generalizado del derecho a la vida ya empieza a traducirse en el envejecimiento de la población en los países del llamado primer mundo, que se ven amenazados por la invasión de migrantes que tienen un concepto radicalmente distinto y opuesto de lo que resta de la cultura y los valores occidentales, está más que claro que el mundo que hasta ahora hemos conocido se encamina peligrosamente al punto de no retorno, a una catástrofe apocalíptica.

Quienes se niegan a reconocer esta realidad, viven sencillamente en otro planeta.

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