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El proyecto del canal y la verdadera riqueza de Nicaragua

El proyecto del canal y la verdadera riqueza de Nicaragua







Por Silvio Avilez Gallo


La estratégica ubicación geográfica de Nicaragua le ha significado, a través de su historia, ser objeto de codicia entre las grandes potencias, que desde los albores del descubrimiento de América a finales del siglo XV, se han disputado sucesivamente la hegemonía mundial. Desde que los conquistadores españoles descubrieron el Gran Lago Cocibolca, al que llamaron Mar Dulce, el sueño de unir las costas de ambos océanos mediante un canal que acortara considerablemente la enorme distancia que los navíos de la época debían recorrer para contornear el Cabo de Hornos, hizo que esa posibilidad se convirtiera en obsesión y que el control del futuro canal significara una cuestión prioritaria para España, Portugal, Francia, Gran Bretaña y los Países Bajos, principales potencias marítimas de la época.

A mediados del siglo XIX entrarían en escena los Estados Unidos de América como potencia emergente, que a raíz de la guerra con México lo habían despojado de inmensos territorios que le pertenecían, y consideraban como un asunto vital la comunicación con la costa del Pacífico.  En esas circunstancias, Nicaragua se convirtió en tema de confrontación política entre Washington y Londres. Finalmente, la nueva potencia americana se impuso y desplazó a los británicos, que ya habían establecido un “protectorado” en la costa Caribe de Nicaragua con miras a controlar la ruta del futuro canal.

En pleno siglo XXI se vuelve a hablar de ese sueño, del que se han presentado varios anteproyectos que analizan las diversas alternativas del eventual enlace interoceánico.  El gobierno de turno ha dicho que esta vez la cosa va en serio y hasta se ha mencionado el costo de esta faraónica empresa: ¡30 mil millones de dólares…!

Sin entrar a examinar las distintas opciones —tema que compete a expertos en la materia— cabe señalar de partida que no hay duda que la realización de la obra significaría una radical transformación geográfica, económica, política, cultural y social para la población, ya que Nicaragua se encaminaría rápidamente hacia el desarrollo.

Es de esperar que quienes realicen los estudios de pre factibilidad y factibilidad del proyecto tengan en cuenta, como cuestión prioritaria, los impactos medioambientales que sufriría el país —especialmente en las cuencas del Gran Lago y el Río San Juan de Nicaragua— ya que cualquier decisión que se tome apresuradamente afectará irreversiblemente los recursos hídricos no sólo de la República sino también de Centroamérica y posiblemente del hemisferio. Esto no es una exageración,  habida cuenta de los efectos catastróficos que el cambio climático ya ha provocado a nivel planetario, producto de la deforestación, la sequía y la contaminación.

Actualmente se considera que el petróleo es la principal riqueza de los países productores de este indispensable elemento fósil y la mayoría de ellos ha amasado inmensas fortunas merced al monopolio que ejercen y a los elevados precios que fijan para los consumidores. Pero el petróleo no durará siempre y si bien existen otras fuentes alternativas de energía (atómica, eólica, solar, geotérmica) que constituyen el combustible del futuro, hay un elemento vital para la sobrevivencia de la humanidad: el agua, que ya comienza a escasear como consecuencia del antes mencionado cambio climático.

A este respecto, Nicaragua ha sido bendecida por Dios y la naturaleza al dotarla de una inmensa reserva hídrica con profusión de ríos, lagunas y sobre todo con dos grandes reservorios: los lagos Cocibolca y Xolotlán.  La falta de agua significará que aquellos países que cuenten con este vital elemento estarán en una posición privilegiada frente a una humanidad sedienta.

La verdadera riqueza de Nicaragua radica entonces en su enorme potencial hídrico, que debe preservar pensando precisamente en el futuro.  De manera que si el proyecto de canal  debe considerarse como una empresa que coadyuvará al desarrollo del país en todos los campos, es inconcebible, inaceptable y hasta criminal que ello se haga a expensas de comprometer irremediablemente su principal riqueza. Si la apertura de una simple trocha en territorio costarricense fronterizo al Río San Juan de Nicaragua ya ha afectado quizá  de manera irreversible su caudal y la biodiversidad ambiental, no es difícil imaginar los efectos catastróficos que tendría la construcción de una vía interoceánica, cualquiera fuere la ruta elegida, sobre las reservas acuíferas y el medio ambiente del país.

Ojalá que los encargados de estudiar el proyecto sopesen cuidadosamente sus ventajas e inconvenientes y den muestras de verdadero patriotismo a la hora de tomar una decisión tan trascendental. La sensatez debe primar sobre el oportunismo político. Obras son amores y no buenas razones, como reza el conocido refrán.



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