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El llanto de los niños que no cesa

El llanto de los niños que no cesa







Por Víctor Corcoba Herrero


Millones de niños de todo el mundo han cambiado la sonrisa por el llanto, la mirada de la inocencia por una visión maliciosa; también muchos han abandonado el juego por el duro trabajo a tiempo completo y sin remuneración alguna. Otros no tienen nada que llevarse a la boca y tampoco reciben cuidados apropiados. Asimismo, la educación infantil lejos de avanzar al ritmo previsto, retrocede. Lo que si progresa son los trabajos forzados ilícitos como el tráfico de drogas y el comercio de personas, tanto para la explotación sexual como para la participación involuntaria en los conflictos armados. Con estas mimbres absurdas y de total desconsuelo, el futuro del mundo no puede ser más desesperanzador. Es grande la responsabilidad de todos los gobiernos, pero a mi juicio también las organizaciones internacionales deberían actuar con más contundencia ante este tipo de realidades salvajes. En muchas partes del planeta a los niños no se les deja ser niños y esto es tan grave, que la respuesta no podemos darla sólo con palabras, hay que darla si fuese preciso hasta con la propia vida para proteger sus derechos. 

Una especie que no protege a los más pequeños, que es permisiva con los débiles, se encamina a su misma destrucción. Lo que se les de a los niños, los niños lo darán al mundo. Es un efecto reflejo, no en vano son los creadores de la humanidad. Si le damos a los chavales violencia, responderán con más violencia. Si les hacemos infelices de igual forma van a caminar con  la tristeza como compañera de viaje. El momento actual está impreso de unas carencias afectivas como jamás, de un sentido inhumano que clama al cielo, de un desorden sin precedentes en nuestra propia historia. Nuestra sociedad ha llegado a un punto en que ya no respeta nada ni escucha a nadie, no soporta a los demás ni se soporta a sí misma, sólo le mueve la inercia del poder para poder aplastar a su colindante de fatigas. Al fin y al cabo, sólo buscamos los honores o beneficios que puedan reportarnos riqueza. Es la doctrina de esta sociedad que ha dejado de amarse hace tiempo, a la que no le mueve otro horizonte que el egoísmo. 

Ahí está el mundo de los más frágiles, los niños, esperando la mano liberadora de los adultos. Sin duda, la mejor manera de celebrar el día mundial contra el trabajo infantil (12 de junio) sería hacer realidad las prohibiciones del derecho internacional en el planeta. No hacen falta más encuentros, sino el cumplimiento de las normas. Hay que cerrar el mercado de trabajo infantil como sea. Aislemos a los mercaderes. Todos los niños han de tener la posibilidad de vivir una verdadera infancia feliz, de jugar e ir a la escuela, sin que nadie les pueda truncar el sueño de un porvenir mejor. Nada es imposible. En el planeta hay recursos suficientes para ello, lo que hace falta son otros gestores, otras personas con actitudes ejemplarizantes dispuestas a implantar mecanismos de reeducación social. Así, familias necesitadas podrían recibir una cantidad de dinero al mes, bajo la condición de que sus niños vayan a la escuela. Desde luego, pienso que la protección social es fundamental para suplir las necesidades de las familias más pobres. Sin este estímulo de amparo protector va a ser complicado poder cambiar el trabajo infantil (se trata en muchos casos de sobrevivir) por la escuela como prioridad. 

La sociedad mundial tiene que buscar la manera de liberar a los niños de trabajos que interfieren con su escolarización, de trabajos que son peligrosos y perjudiciales para su bienestar físico y mental, como son tantas situaciones de esclavitud que en los últimos tiempos lejos de decrecer se han avivado. Sin duda, el trabajo infantil perpetúa el circulo vicioso de la pobreza. Está visto que sin una formación es muy difícil labrarse un futuro distinto al de la miseria. Por ello, habría que forjar un compromiso en el que todos participásemos, en el que la sociedad civil y los actores sociales desempeñasen un papel de liderazgo en las actividades de promoción y sensibilización e intensificar los esfuerzos para que las medidas de lucha contra todas las formas de trabajo infantil sean parte integrante de las estrategias de lucha contra la marginalidad, de protección social y de planificación de una educación para todos.

A mi manera de ver, resulta primordial que las nuevas generaciones adquieran la convicción de que el avance no se entiende, sino es del mundo en su conjunto, y de que los conflictos no se vencen con la mera fuerza, sino más bien acabando con la miseria y el analfabetismo, robusteciendo los estados democráticos de derecho, endureciendo las medidas para aquellos que actúan al margen de la ley. La eliminación del trabajo infantil y su sustitución por una formación universal, es por sí mismo ya un gran bien para toda la colectividad. Lo que es inaceptable en este mundo, que se dice moderno, es que muchos niños, más de los que pensamos, y por todos los rincones del planeta, se vean obligados a trabajar para asegurar su sustento y el de sus familias. Sin ir más lejos, la pobreza en España también tiene rostro de niño. Son los primeros sufrientes. Para colmo de males, la protección a la igualdad de oportunidades para la infancia, que es una cuestión de ética y justicia, ya se resiente en este país, con el cúmulo de privatizaciones y la falta de ayudas sociales; sobre todo en relación con la nutrición, de acceso a la salud y a la vivienda, por los desahucios.

En cualquier caso, la lucha contra el trabajo infantil requiere la adopción de medidas confluentes. Por una parte, los padres han de tener empleos que permitan a las familias disfrutar de una vida decente. El caso de España con un desempleo tan alarmante lo que hace es propiciar trabajos sumergidos, que no tardarán en ser infantiles, con aceptación de trabajos sin derechos y a tiempo total. Por otra parte, habría que asegurar que los niños tuviesen todos acceso a una formación de calidad y de aprendizaje para la vida. Lo que conlleva, en definitiva,  luchar contra la marginalidad que genera un sistema de producción cada día más deshumanizante, con salarios indignos, inseguridades y todo tipo de servilismos-servidumbres propios de otra época. 

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