Dictadura es dictadura







Por Héctor Mairena
Periodista nicaragüense residente en Alemania


A propósito de lo que ocurre en Nicaragua un amigo brasileño me pregunto “¿Y es una dictadura de derecha o de izquierda?”, insinuando que si era de “izquierda” – Ortega- debería ser yo benevolente con los “compañeros”.

La pregunta me trajo entre otros, el recuerdo de la crisis que vivió el movimiento comunista a raíz del surgimiento del llamado “eurocomunismo” en 1977. Esta corriente de opinión luego traducida en propuestas programáticas, fue impulsada inicialmente por los que a la sazón eran los  dos partidos comunistas más poderosos de occidente, el de Francia y el de Italia. Luego, el dirigente comunista Santiago Carrillo escribió y publicó El Eurocomunismo y el Estado, sumando al  Partido Comunista de España a dichas posiciones. Básicamente el eurocomunismo sostenía que la propuesta de "partido único", "dictadura del proletariado" y "revolución", eran inviables al menos entonces en los países de Europa occidental y propugnaban por un modelo pluralista y pluripartidista. Al mismo tiempo reivindicaban la independencia de los partidos comunistas respecto al Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS).

La reacción de Moscú, que era al movimiento comunista internacional lo que el Vaticano es a la Iglesia Católica, no se hizo esperar. La condena  originada en el Kremlin tuvo eco unánime en  las posiciones más ortodoxas y se acusó a los eurocomunistas de “traidores”, “revisionistas”, “anti leninistas” y de renunciar al “internacionalismo proletario”.

Estas reacciones no deben extrañar ya que la izquierda  se ha caracterizado por sostener a veces largos y sesudos  debates y otras por la intolerancia hacia los que difieren de opinión aún desde las mismas posiciones ideológicas. Intolerancia que más de una vez ha llevado, incluso, sangre al río.

Pero a 34 años de aquéllas propuestas, que tienen entre otros antecedentes las posiciones que sostuvo en su momento  la socialista y demócrata Rosa Luxemburgo (1871-1919), aún a contrapelo de dirigentes como Lenin, es de reconocer que una gran parte de la izquierda se ha modernizado en sus conceptos y ha reivindicado la democracia (democracia a secas) como  un valor universal.

La desaparición del “socialismo real” debió haber implicado una profunda reflexión teórica en el seno de la izquierda, mas no fue así. Ha sido más bien por la fuerza de los hechos (“la praxis es el criterio supremo de la verdad”, decía Marx) la que ha llevado a importantes contingentes de la izquierda a admitir que la democracia es una necesidad histórica para avanzar hacia objetivos ulteriores.

Pero el drama mayor es que revoluciones socialistas o de liberación nacional  que se gestaron “desde la izquierda” devinieron en caricaturas de sí mismas. Como en Cuba, Corea del Norte o Libia. Dejaron de ser revoluciones, para convertirse tristemente en regímenes anquilosados o en nuevas dictaduras familiares. Y desde el poder ininterrumpido o alcanzando nuevamente el gobierno- por la vía de la satanizada democracia- pretenden ahora con un discurso “de izquierda” establecer nuevas dictaduras. Tal es el caso de Venezuela o Nicaragua.

Es innegable que es un derecho de las izquierdas, ciertas o falsas, ortodoxas o renovadas, optar al gobierno mediante las vías legales de la democracia. Prácticamente no queda en el mundo  democrático ninguna fuerza que niegue tal vía, pero perpetuarse en el poder- o intentar hacerlo una vez que se ha alcanzado- en nombre de objetivos justos, e imponer contra la ley y los derechos de la mayoría esa voluntad, se llama dictadura.

La historia y la vida enseñan que la sociedad es por sí misma diversa. Que las tesis de “partidos únicos”, “dictadura del proletariado “, y las intenciones de establecer una ideología como la cultura nacional, han fracasado irremediablemente.

Afortunadamente en el contexto latinoamericano hay experiencias positivas en otro sentido y que demuestran que la dicotomía entre democracia y opción de izquierda, es falsa: Ignacio “Lula” Da Silva en Brasil, Michelle Bachelete en Chile, Tabaré Vásquez en Uruguay, son muestras ejemplares de de izquierdas modernas que por lo demás -¿acaso no es lo primero ?- hicieron avanzar a sus sociedades considerablemente en el camino de la justicia social. Lamentablemente no puede decirse lo mismo ni en uno ni otro sentido de lo que fue la primera revolución socialista en América, por mucho que los vínculos emocionales de una gran parte de la izquierda latinoamericana y mundial se resistan hasta ahora a aceptarlo.

Pero  al igual que existe una “izquierda” no democrática, existe su contraparte
“de derecha”, que al final como señalaba Neruda, dado que el mundo es Redondo, se encuentran. Y ni aquéllos ni estos deben caracterizarse a partir de sus auto denominaciones, sino de lo que la práctica revela.

Los paralelismos entre Ortega y Somoza, por ejemplo, son cada vez mayores. Y no corresponden a afirmaciones propagandísticas de los demócratas nicaragüenses, sino a una realidad que lacera. No puedo dejar de mencionar que alguna vez este último - en los estertores de su régimen-se definió incluso como “socialista”.

En la Nicaragua actual la concentración acelerada de poder político y económico en una cúpula familiar, el sometimiento creciente de las fuerzas policiales y armadas, la violación constante de la ley, la fabricación de “opositores”,  la transgresión cotidiana de la institucionalidad de su propio partido, el fraude electoral, la proscripción de partidos, la persecución y violencia contra los opuestos, retratan una dictadura en gestación acelerada. ¿Que no hay muertos todavía  por represión política? No estoy seguro.

Yo le conteste al amigo brasileño: "Dictadura es dictadura".




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