Desarrollo implica empleos buenos y dignos, no limosnas








Por Edmundo Jarquín

Empleos, no dádivas

Con motivo de la inédita candidatura del colombiano José Antonio Ocampo a la Presidencia del Banco Mundial, que siempre ha sido ostentada por un estadounidense, la actual Secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (CEPAL), ponderando las cualidades de Ocampo como uno de los más reconocidos expertos latinoamericanos en el desarrollo de los países, escribió: “En estas latitudes (América Latina) sabemos bien que crecimiento no es sinónimo de desarrollo y que el ingreso de las personas en el largo plazo está garantizado por las oportunidades de trabajo, no por el asistencialismo”.

Aunque no sea el caso, los nicaragüenses bien podríamos pensar que lo anterior fue escrito pensando en un país como Nicaragua.

En efecto, en los últimos días hemos visto una no poco sutil campaña ponderando los éxitos macroeconómicos del gobierno de Nicaragua. Cifras récord de exportación (aunque muy influenciadas por el efecto de los altos precios que no dependen de nosotros) y de inversión extranjera, entre otras. Igualmente, el crecimiento económico del 4.7% de 2011, que ayudó a levantar ligeramente el mediocre promedio de los últimos cinco años, bastante más bajo que el de los gobiernos precedentes. No extraña, entonces, que se han levantado voces señalando el muy pobre desempeño de nuestra economía en generación de empleos, especialmente empleos de mayor productividad y salario.

Es preciso hacer notar lo anterior por al menos dos razones. Sin que obedezca a ninguna campaña, como la obviamente organizada por el gobierno a propósito de sus éxitos macroeconómicos, las noticias han dado cuenta de un creciente perfil de conflictividad social y de problemáticas manifestaciones de ineficiencia gubernamental. Una huelga por allá, otra por acá; un tranque de protesta en otro lado; enfrentamientos entre trabajadores de dos plantas de zona franca en Carazo; vuelta de apagones; miles de asegurados desprotegidos por el abrupto cierre de una empresa previsional; una protesta de moto taxis; descontrol en el precio del transporte y otras alzas de precios desmesuradas; violencia estudiantil; colas de vecinos buscando agua, y así, y así.

La línea comunicacional del gobierno -cuyo eje, “vamos por más victorias” puede resultar burlesco a los que buscando empleo no lo encuentran-  también enfrenta otro límite: los efectos temporales del asistencialismo. Quién recibió unas láminas de zinc para la campaña electoral, pero seis meses después sigue desempleado, o subempleado siente que no logra enfrentar el incremento en el costo de la vida, posiblemente sea portador de un malestar más permanente que el temporal beneficio de una dádiva.

Es que el desarrollo significa empleos, y buenos, que dignifican, y no limosnas que humillan. 

Sostenibilidad del crecimiento

Si bien es cuestionable que el crecimiento económico por sí solo solucione los graves déficits de pobreza, infraestructura, salud, educación y vivienda, entre otros, es categóricamente innegable que sin crecimiento es imposible pensar en solucionar esos problemas.

No por accidente, entonces, que recientes estudios con amplia difusión se interroguen sobre cómo crecer más, y se han fijado el 7% de crecimiento promedio anual del Producto Interno Bruto, como la cifra a partir de la cual se puede empezar a abatir esos déficits.  En ese contexto, se ha reconocido la no despreciable cifra del 4.7% al cual creció la economía el año pasado, aunque a la vez se señale tanto la volatilidad de algunos factores que la explican como su relativa insuficiencia frente a los problemas acumulados.

En el contexto de esas discusiones, en la semana que termina se han difundido opiniones que con responsabilidad política, y seriedad técnica, han llamado la atención sobre algunos desequilibrios que se están acumulando, como la deuda pública y programas no sostenibles sin ayuda externa, que pondrían en riesgo la sostenibilidad del crecimiento relativamente modesto del año pasado, más allá incluso de la mencionada volatilidad de factores coyunturales como son los precios de algunos productos de exportación. Lo que está pasando con el precio del café, en este sentido, es una campanada de alerta.

Se ha destacado, también, en medio del reconocimiento a la importancia de la cifra récord de inversiones extranjeras, que su concentración en pocos sectores, necesarios desde luego, pero no suficientes, y con fuerte composición en maquinaria y equipo, no tenga tanto impacto en el empleo. Es aquí donde adquieren su verdadera dimensión otros dos factores que deben ser enfrentados si de sostenibilidad del crecimiento se trata. Por un lado, la necesidad de que aumenten las inversiones nacionales, grandes, medianas y pequeñas. El comportamiento del crédito bancario, estancado, si es que no ha bajado, y su composición dominante en sectores comerciales y de consumo, da cuenta del estado anémico de la inversión nacional. Por otro lado, los problemas de inseguridad sobre la propiedad, que en parte están detrás del comportamiento del crédito bancario, y que el gobierno se ha encargado de exacerbar, también desestimulan las necesarias inversiones nacionales.

Lo anotado, tanto para intentar contribuir a explicar la paradoja de crecimiento sin generación de empleos al mismo ritmo de ese crecimiento, como de la  fundada preocupación sobre la sostenibilidad de ese crecimiento.

Que no se equivoque el gobierno

Cuando los gobiernos se equivocan, los países pierden.

El gobierno del ilegal Presidente Ortega podría estar a punto, si no es que lo ha pasado ya, de cometer un grave error: pensar que sin atender, a fondo, las recomendaciones de reformas al sistema electoral de la OEA y la Unión Europea, o solamente atendiéndolas de manera cosmética, podrá realizar las elecciones municipales del próximo mes de noviembre como si nada hubiese pasado.

En las condiciones actuales, han dicho los principales dirigentes de la Alianza PLI, hoy por hoy única fuerza de oposición, sería suicida ir a esas elecciones. Hace algunos meses, Ortega podía contar con que si la Alianza PLI no participaba, encontraría llantas de repuesto aceptables para intentar dar legitimidad a esas elecciones, pero con la debacle del PLC de Alemán  -que no significa debacle del liberalismo-  esa opción ya no existe.

Ojalá, por el bien del país, que Ortega no se equivoque, pero el tiempo se acaba.

Se autoriza y agradece su reproducción y circulación



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