Sed de libertad









Por Víctor Corcoba Herrero
Escritor
corcoba@telefonica.net



En el mundo hay sed de libertad. Nos merecemos ser dueños de nuestra propia vida. Hay que invertir en liberaciones y propagarlas. Que Cuba libere a los presos políticos es un paso adelante. Que los grupos religiosos dejen de estar perseguidos es otro paso más allá. Por cierto, según revelan estudios recientes, el 70% de la población del mundo vive en áreas en las que se producen severas limitaciones a la libertad religiosa. Desde luego, nadie debe violar la autonomía de creencias, tampoco la de pensamiento. Que las políticas dejen de ser sectarias y se encaminen al bien común es otro paso tan justo como preciso. Que el progreso de una sana libertad de información y de expresión, sustentada en la verdad, sea algo más que una declaración solemne es, asimismo, algo tan necesario como ineludible. Por desgracia, la creciente ola de violencia contra periodistas honestos pone en entredicho lo que se predica, que suele ser muy distinto a la pura realidad, inclusive desde gobiernos que se dicen democráticos y de Derecho. Un gran porcentaje de esas muertes se asocia a investigaciones que los fallecidos realizaban sobre casos de corrupción, crimen organizado y delitos políticos.

Jamás se ha hablado tanto de libertades, pero curiosamente esta palabrería no alcanza los hechos. Porque, ¿cómo se conjuga la libertad de algunas naciones que amedrentan y oprimen a sus ciudadanos? Así concebida, es más una llaga que una liberación. Prolifera el derecho del más fuerte, la orden del más poderoso, la locura de los bloques dominantes imponiendo abecedarios marcados por sus endiosados cabecillas. No admiten otro diálogo que el suyo. Bajo este panorama, en un mundo sediento de auténtica libertad difícilmente podemos activar ciudadanos libres. Por desdicha, sigue la legión de acaudalados pudientes, siempre acomodados y casi siempre holgados, falsificando libertades bajo la doctrina de la farsa.  Y para más infortunio, vivimos en una sociedad irresponsable, donde cada día se respeta menos al ser humano. A veces hay que estar por encima del mundo, para que a uno le dejen ser uno mismo. No es fácil en un clima de carceleros deseosos de adormecer a sus súbditos, avivar la eterna libertad de siempre, tan herida por nosotros, y tan inexcusable llevarla consigo, sobre todo para poder pensar  libre y hablar sin hipocresía.





Comments