Crónica desde Berlín








Por Héctor Mairena
Periodista nicaragüense residente en Alemania


Llegué por primera vez a Berlín (oriental), capital de la entonces República Democrática Alemana, en agosto de setenta y nueve. El primer avión de Interflug que aterrizó en Nicaragua llegó cargado de ayuda y retornó a Berlín con decenas de heridos de guerra que viajaban para ser atendidos en los hospitales alemanes. Yo viajé con ellos. En Managua no terminaban de desmontarse las barricadas y todavía se escuchaban los disparos de algún somocista acorralado o de algún compa que no terminaba la borrachera de la victoria.

Era la época de la Guerra Fría, cuya frontera física era el Muro de Berlín, un producto de tales tiempos alzado como expresión lacerante de un conflicto donde siempre fue inminente el riesgo de un enfrentamiento mayor. Allí estaba el muro desde agosto de 1961, partiendo una ciudad repartida entre las potencias después de la derrota de Hitler, dividiendo familias, haciendo sentirse a los ciudadanos de ambos lados habitantes de mundos distintos, separados por las tapias de hormigón que se alzaban en meandros a lo largo de más de cuarenta kilómetros.

La RDA, fundada en octubre 1949 en la parte oriental del territorio alemán ocupado por las tropas del Ejército Rojo, era el país socialista con más alto nivel de vida. No en balde era la frontera con el “mundo occidental “. Gobernada con mano firme  por el Partido Socialista Unificado de Alemania bajo la modalidad de democracia popular - que suponía la existencia de otros partidos, además del comunista en el poder-, era el principal y más fuerte aliado de la URSS.

Sin menoscabo del desarrollo económico alcanzado por la RDA y de la existencia de políticas públicas de alto contenido social, es innegable que la supresión de libertades y la inexistencia de la democracia, conspiraron contra el gobierno del PSUA. Y si bien llevó a cabo una política solidaria con la lucha de otros pueblos- en el caso de Nicaragua fue el único de los socialistas europeos en el poder que apoyó sin ambages la lucha armada -, negaban la libertad a su propio pueblo.

Erich Honecker, que gobernó desde 1971 a octubre de 1989 desde las posiciones más ortodoxas, opuso resistencia feroz a la aplicación  en la RDA de las reformas que Gorbachov impulsaba en la URSS. La caída del muro en noviembre de 1989, símbolo y expresión del viraje universal más grande del último siglo, fue el desenlace  inevitable de la opresión política que impuso esa falsificación del socialismo que sacrificó la democracia en nombre del supuesto “bienestar del pueblo “. De allí a la reunificación formal de Alemania, pasaría menos de un año, aunque en verdad la voluntad de los ciudadanos orientales fue expresada en marzo de 1990 cuando votaron mayoritariamente por su adhesión a la RFA.

El 9 de noviembre de 1989, miles de berlineses orientales (“ost” les dicen y se llaman a sí mismos, por Este) pasaron al “otro Berlin“ apenas minutos después que el correspondiente  miembro del Politburó del PSUA, Günter Schabowski, anunciara - dicen que “por un error “-, que las fronteras estaban abiertas “de inmediato”. Iban a buscar cualquier cosa, un banano- que sí había en Berlin Ost-, una coca cola, un familiar, la libertad. Otros miles - la mayoría-, lo harían hasta días y meses después, afectados por una neofobia colectiva, hasta  que el temor de incursionar “al otro lado”“ se desvaneció.

Todavía son perceptibles las diferencias entre los berlineses “ost” y los “west” (occidentales), especialmente entre los mayores de treinta años. Los de occidente crecieron en una de las ciudades símbolos del capitalismo, dominada por la masiva publicidad y el estímulo al consumismo, en cambio los orientales, mascullaban su inconformidad, al tiempo que eran educados en el colectivismo, la disciplina y el amor al socialismo. El tiempo desaparecerá esas diferencias.

Hoy Alemania es gobernada por los Demócratas Cristianos en alianza con el alicaído FDP (liberal) -que cada vez logra menos votos-, y tiene como Primer Ministro a  una ex  miembro de la organización juvenil comunista del PSUA, la FDJ. Nacida en la RFA, Merkel creció en el socialismo, dado que su padre- un pastor luterano- fue enviado en misión evangélica a un pueblo de la RDA. Berlín reunificado y con más de tres millones de habitantes, es hoy una ciudad multicultural donde la tolerancia es una premisa, sin que falten los mendigos, la prostitución y las drogas, gobernada por los socialdemócratas, encabezados por Klaus Wowereit, uno de los políticos más populares de Alemania, especialmente después que reconoció públicamente su homosexualidad. Los socialdemócratas recibieron el espaldarazo de los electores el domingo dieciocho de septiembre y gobernarán otro período la capital alemana.

El próximo tres de octubre, los alemanes celebran el Día de la Reunificación, dado que en esa fecha en 1990, entró en vigor formalmente el tratado correspondiente.

Actualmente, los fines de semana, en los muy berlineses “Mercados de piojos“, mercados callejeros semejantes a nuestros pulgueros, se encuentran variadas ofertas. Y entre los cachivaches: condecoraciones, medallas, la insignia del PSUA, que alguna vez con el pecho henchido y las lágrimas a punto de brotar, recibieron comunistas y héroes en la antigua RDA y estampas de Marx, Lenin y Honecker, de la misma manera que en nuestras ferias patronales las hay del santo celebrante. En el edificio donde antes operaba el “Departamento de trabajo ideológico” del PSUA, hoy funciona un exclusivísimo club burgués de Berlín con spas y saunas de lujo,  bares, restaurantes y piscinas en  la azotea. “Signo de los nuevos tiempos”, me dijo no sin dolor un viejo comunista alemán, viéndolo de largo.

Mientras, en mi país, muchos de aquéllos que decían luchar por una sociedad que tenía como uno de sus modelos la que se derrumbó en la RDA en 1989, en nombre del “socialismo” - que ahora adjetivizan como “cristiano y solidario” - asesinan la democracia, niegan cada vez más libertades y practican una corrupción obscena con la complacencia de sus otrora “enemigos de clase”. Veo también sus símbolos en venta en los pulgueros del futuro como souvenir del pasado que serán.


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