Chile y su giro a la derecha





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Por Silvio Avilez Gallo
Ex Embajador de Nicaragua en Chile


La segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Chile concluyó con el relativamente apretado resultado del 51,6% de los votos a favor del candidato Sebastián Piñera Echeñique, representante de la alianza de centro-derecha Coalición por el Cambio, conformada principalmente por los partidos Unión Demócrata Independiente (UDI) y Renovación Nacional (RN), en tanto que el candidato oficialista y ex presidente Eduardo Frei Ruiz–Tagle (DC), representante de la Concertación de Partidos por la Democracia obtuvo un 48,3%, escrutado un poco más del 99% de los votos.  De esta manera, y por primera vez desde 1958, un candidato de derecha se apresta a ocupar La Moneda después de 20 años consecutivos de gobiernos de la coalición de centro-izquierda conformada por los partidos Democracia Cristiana (DC), Socialista (PS), Partido por la Democracia (PPD),  Independientes y Comunista (PC).

Esta elección se desarrolló sin mayores incidentes y fue una verdadera fiesta democrática que deja varias enseñanzas. Primeramente, derribó el mito según el cual la derecha es enemiga de la democracia, como habían hecho creer los partidarios de la izquierda recalcitrante, que tildan de “pinochetista” a cualquier persona que identifiquen como simpatizante del régimen autoritario de Augusto Pinochet (1973-1990), no obstante que el propio Piñera reconoció que votó por el NO en el referéndum de 1988.

En segundo lugar —y esto es importante para otros países— dejó en claro que sólo la unidad de la oposición tenía alguna posibilidad de desplazar del poder a una poderosa coalición izquierdista que se encaminaba presumiblemente hacia un quinto gobierno consecutivo. En las elecciones de 1999 el candidato opositor Joaquín Lavín Infante (UDI) obligó al candidato oficialista Ricardo Lagos Escobar a una segunda vuelta, pero la rivalidad entre la UDI y RN facilitó el triunfo de la Concertación.

El ex presidente Frei contó no sólo con el apoyo de la Concertación sino especialmente con el decidido y abierto apoyo de la Presidente Michèle Bachelet, quien a pesar de las críticas formuladas por la oposición, acusándola de violar la neutralidad propia de un Jefe de Estado, se la jugó totalmente a favor del candidato oficialista. Contar con el respaldo de la maquinaria gubernamental constituyó una valiosa ventaja.

Pero al margen de estas consideraciones, hay otros aspectos que deben ser tenidos en cuenta al tratar de explicar estos resultados. No cabe duda que el ejercicio del poder durante tantos años produce el natural desgaste en todo régimen democrático, cuando se sabe que ciertos abusos y excesos son inevitables porque se trata de seres humanos.  El candidato Frei debió enfrentarse en la primera vuelta, dentro de la Concertación, a otros dos candidatos que aspiraban al triunfo: al joven Marco Enríquez-Ominani, que no obstante sus orígenes vinculados al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) se presentó como independiente, con un agresivo programa de reformas que indudablemente fue escuchado, sobre todo por la nueva generación, y obtuvo un nada despreciable 20% de votos; y al viejo dirigente izquierdista Jorge Arrate, que corrió como socialista aunque no ocultó sus estrechos vínculos con el Partido Comunista, donde militó desde su juventud. Es indudable que aunque Arrate logró sólo un 7% de votos, ambos candidatos influyeron decisivamente para que Piñera venciera ampliamente en primera vuelta con un 44% de los votos, frente a sólo 29% de Frei y lo obligara a un balotaje.


En su búsqueda de apoyo con miras a la segunda vuelta, el ex presidente Eduardo Frei concertó un arreglo de hecho con el Partido Comunista, de manera que la Concertación no compitió con candidatos propios en algunas comunas y regiones del país donde los candidatos marxistas aspiraban a elegir diputados y alcaldes, a cambio del respaldo de los comunistas.  Esto permitió a estos últimos elegir tres diputados al Congreso Nacional por primera vez en muchísimos años, pero en cambio esta alianza causó malestar en las filas de la propia Democracia Cristiana y le alienó el respaldo de muchos en la segunda vuelta. La astucia de los comunistas quedó de manifiesto y resultó un excelente negocio para ellos, ya que no arriesgaron nada apoyando a Frei y sí lograron elegir algunos candidatos, cosa que habría sido imposible si la Concertación hubiera presentado candidatos propios en esos distritos.  En cambio, para el oficialismo, el recurso a la extrema izquierda significó para Frei la pérdida indudable de muchos simpatizantes que no aprobaron la alianza con el comunismo.

Fuera de las repercusiones que tendrá la elección de Piñera en Chile, es innegable que la sacudida suscitará réplicas en algunos países sudamericanos, que ya daban por descontado el triunfo de la Concertación. Conviene particularmente seguir de cerca los efectos que tendrá en Argentina, donde el gobierno de la dupla K-K pasa por momentos difíciles. Con un vecino como Piñera, los opositores al régimen justicialista se sentirán reconfortados en su lucha, para no hablar de Colombia, donde la victoria de la derecha viene a reforzar la lucha del presidente Uribe contra el terrorismo y a respaldarlo en su enfrentamiento con el régimen dictatorial del comandante Chávez.  El péndulo ha oscilado esta vez hacia la derecha en Chile, y ello se traducirá en mejores relaciones con el Perú y quizá con Bolivia.  Asimismo, reforzará el entendimiento con gobiernos que se identifican con los mismos ideales del presidente electo e indudablemente mejorará la relación con el nuevo gobierno de Honduras cuando tome posesión el presidente electo Porfirio Lobo.

Se avecinan cambios importantes en el tablero de la política latinoamericana. Por primera vez en muchos años, el chavismo parece inquietarse.  Sebastián Piñera ha prometido hacer un gobierno de unidad nacional y ha pedido el apoyo de todos los chilenos para lograrlo. Si tiene éxito, la derecha tendrá posibilidades de aspirar a otro mandato en cuatro años más. De lo contrario, habrá que esperar otros 50 años para que un candidato de la derecha se instale nuevamente en La Moneda.







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