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Chávez, beneficios y daños

Chávez, beneficios y daños







Por Edmundo Jarquín


La polarización existente en Venezuela y otros países, en buena parte derivada del activismo político e ideológico de Chávez, ha conducido a que con frecuencia se hayan hecho análisis también polarizados, maniqueos, sobre su papel.

La vocación autoritaria de Ortega es totalmente independiente de la existencia o no de Chávez, pero, sin duda, la modalidad de la cooperación petrolera venezolana, en el caso de Nicaragua en que la misma se gestiona de manera privada y poco transparente, le ha puesto viento de cola a esa vocación autoritaria.

Como lo he señalado en otras ocasiones, esa cooperación ha dado a Ortega autonomía en relación a la condicionalidad democrática de otras fuentes de cooperación, como la norteamericana y europea; le ha permitido compatibilizar  una política de gastos expansiva con mantenimiento de equilibrios macroeconómicos, y así mantener acceso al financiamiento de los organismos financieros multilaterales; y, finalmente, le ha permitido crear poderosos grupos económicos y tejer una intrincada red de intereses empresariales que refuerzan su esquema político de autoritarismo corporativo.

Sobre ese trasfondo, la cooperación petrolera venezolana ha amparado, en nuestro país, un agudo deterioro del sistema democrático. En el inventario de la misma, por tanto, está este daño.

Ese daño, y el aliento que el activismo ideológico cobijado en el “Socialismo del Siglo XXI” ha dado a procesos de deterioro de la democracia en Venezuela y otros países, ha impedido ver otra cara de la cooperación petrolera de Chávez: factor de estabilidad en muchos países, especialmente en el Caribe.

Gran parte de los miembros de Petrocaribe son islas caribeñas cuya estabilidad económica sería prácticamente insostenible sin la cooperación venezolana que forma parte, por cierto, de una tradición solidaria iniciada mucho antes de Chávez. Menos aún cuando teniendo gran población flotante, por el turismo que es fundamental fuente de ingresos, y careciendo de producción agropecuaria significativa, han enfrentado simultáneamente altos precios de petróleo y de alimentos. Nuestro país también se ha beneficiado por el lado de la balanza de pagos. Hay, entonces, en el inventario de la cooperación venezolana, ese beneficio.

Nuestro país también se beneficia de la relación económica con Venezuela a través de las exportaciones que ya superan los 400 millones de dólares, siendo inferiores solamente a las que van a Estados Unidos.

Con motivo de las elecciones venezolanas del pasado octubre, se abrió, como ahora, un clima de expectativa e incertidumbre sobre el futuro de la cooperación venezolana. En mi programa semanal de Radio Corporación,  que también se distribuye por las redes sociales, escribí: “Para los nicaragüenses es mucho lo que se juega en la elección venezolana, porque Chávez ha pasado a ser la más importante variable macroeconómica y política de nuestra realidad, para bien y para mal” (29/9/2012).

Cuando se confirmó la victoria de Chávez, en el mismo programa escribí que había un saldo favorable de la expectativa que se había creado: “Se abrió una discusión técnica que advertía, con preocupación, sobre qué ocurriría a la economía del país sin la ayuda de Chávez. Yo, personalmente, no tenía la menor duda en solicitar a Capriles, el candidato opositor, si ganaba, que mantuviera la cooperación petrolera, pero dentro de Petrocaribe, en que el financiamiento se dedicaría a proyectos de inversión pública y generación de empleos, y dentro del presupuesto nacional. Diferente son algunos de los gastos extrapresupuestarios del gobierno, con cargo al financiamiento venezolano, y que solamente serían absorbibles en el presupuesto como gasto corriente”. Agregaba: “Desde el punto de vista macroeconómico la eventualidad de la desaparición de la ayuda de Chávez puso en evidencia la precariedad de la cacareada responsabilidad macroeconómica de Ortega, pues absorber fiscalmente muchos de sus gastos crearía una enorme y desequilibrante presión”. Es decir, en el inventario del daño de la cooperación venezolana está, también, la postergación de algunas tareas técnicas que apuntalarían nuestro desarrollo.

Ahora, en un nuevo ambiente de expectativa e incertidumbre, es necesario retomar, con mayor impulso, lo que fue el denominador común de las discusiones previas a las elecciones venezolanas: necesitamos cooperación petrolera, pero institucionalizada; necesitamos conservar el mercado  para nuestras exportaciones, pero institucionalizado en un Tratado de Libre Comercio. Así, en el inventario de la relación con Venezuela, solamente habría beneficios.

¿Mayor o menor dependencia?

La renovada incertidumbre sobre la cooperación venezolana abre otro ángulo de análisis sobre nuestra dependencia externa.

Siendo una economía pequeña y muy abierta al mercado internacional, somos especialmente vulnerables a las oscilaciones que constantemente se dan en las diferentes economías del mundo. Para enfrentar esa vulnerabilidad se requeriría, entre otras cosas fundamentales, depender más de la demanda interna, diversificar nuestra producción, facilitar el acceso y diversificar los mercados para nuestras exportaciones, y aumentar la productividad.

De todos esos factores que nos harían menos vulnerables a las oscilaciones de la economía internacional, el único progreso significativo que como país hemos hecho en los últimos años, es la facilitación en el acceso a nuestros mercados de exportación, y una cierta diversificación de los mismos entre los que claramente destaca Venezuela.

El Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, y ahora el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, que se gestionaron y negociaron a través de diversos gobiernos, son un buen ejemplo de facilitación del acceso a mercados tradicionales de nuestras exportaciones. Ese acceso está ahora amparado en una institucionalidad y una normativa que hace nuestros mercados de exportación menos vulnerables a oscilaciones políticas, lo que es una ventaja, ya que las oscilaciones por razones estrictamente económicas escapan a nuestro control.

No es ése el caso del mercado venezolano, tan dependiente de la voluntad política del gobierno de ese país. Si la cooperación de ese país fuese genuinamente desinteresada, y el comercio en el marco de ALBA “justo”, lo menos que se debería hacer es institucionalizarlo, como Nicaragua lo ha logrado con numerosos países a través de Tratados o Acuerdos de Libre Comercio, como los antes citados, que no son los únicos. Así efectivamente seríamos menos y no más dependientes.

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