Centroamérica de cara al bicentenario







Por Silvio Avilés Gallo
Ex diplomático nicaragüense


El 15 de septiembre de 2021, es decir en poco más de once años, Centroamérica conmemorará el bicentenario de su independencia de España: dos siglos de historia no exenta de tragedias que todavía perduran. La Capitanía General (también llamada Reyno de Guatemala) se mantuvo unida durante casi trescientos años bajo un régimen centralista, si bien las provincias que la componían vivían aisladas como consecuencia de las malas y escasas vías de comunicación entre ellas y la capital, a tal punto que cuando se proclamó la independencia en el Palacio Nacional de Guatemala, la noticia tardó más de un mes en conocerse en León y Cartago.

El surgimiento de Centroamérica a la vida independiente no fue el resultado de una guerra de liberación, como sucedió con los Virreinatos de Nueva España,  Santa Fe y el Perú, la Capitanía General de Chile y las Provincias Unidas del Río de la Plata.  Eso explica, en parte, el escaso entusiasmo patriótico de los centroamericanos que perdura hasta nuestros días. Centroamérica cayó como fruto maduro porque el imperio español ya estaba en plena decadencia y enfrentado, además, a auténticas luchas independentistas en las provincias más ricas e importantes del imperio. La retirada de España del continente americano dejaba a Centroamérica en la incertidumbre respecto de su futuro, a la vez que la convertía en fácil presa de la codicia de las grandes potencias europeas de la época y hasta de nuestro vecindario.

La primera decisión que tomaron nuestros próceres fue asegurarse la protección de un vecino poderoso, en este caso el imperio mexicano de Agustín de Iturbide, al que Centroamérica decidió anexarse en enero de 1822, pero la efímera duración del régimen imperial la obligó a proclamarse totalmente independiente mediante la constitución de las Provincias Unidas del Centro de América en 1823, que dio lugar, en 1824, a la proclamación de la República Federal de Centroamérica.  La inexperiencia en materia de autogobierno hizo que se imitara un sistema que con tanto éxito funcionaba en los Estados Unidos de América, pero el régimen federal, que supone un complicado equilibrio de pesos y contrapesos entre los Estados y el gobierno federal, evidentemente no era apto para una región sometida durante tres siglos al más férreo centralismo. La Federación centroamericana, en lugar de afianzar la unión de las antiguas provincias convertidas de la noche a la mañana en Estados, exacerbó más bien el caudillismo, el separatismo y las luchas fratricidas, por lo que el primer intento de federalismo terminó en 1838 con la disolución de la República y el trágico desmembramiento del Istmo. Dos siglos después, diversas tentativas de reunificación se han sucedido y fracasado y hoy nos encontramos como al principio, con la diferencia que se han creado nacionalismos donde antes existía un sentimiento de común pertenencia.  El año 2021 probablemente encontrará a Centroamérica todavía enfrascada en interminables discusiones e intentos por restablecer la unidad que soñaron nuestros próceres, mientras otras regiones del mundo (por ejemplo Europa) caminan desde hace tiempo por la vía de la consolidación de la unidad.

En esas circunstancias, hay pocos motivos para celebrar una fecha que nos encuentra aún distanciados y dispersos. Mientras Sudamérica ha avanzado en la vía de la integración económica y lentamente se encamina hacia la formación de un gran bloque subregional, los centroamericanos todavía debemos perder horas con engorrosos trámites para cruzar las fronteras de países hermanos.  El Mercado Común Centroamericano, que con tantas ilusiones arrancó en 1958, medio siglo después es todavía un proyecto inconcluso y el Istmo sigue siendo víctima de la voracidad de los más fuertes.

El movimiento de integración arrancó casi simultáneamente en Europa y Centroamérica en 1951, cuando  en el viejo continente se constituyó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), que seis años más tarde, mediante el Tratado de Roma, daría lugar a la Comunidad Económica Europea (CEE) con la creación  un mercado común limitado inicialmente a seis países: Alemania, Francia, Italia y el Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo) y que medio siglo después comprende a 27 países que conforman la Unión Europea, con una moneda común y una estructura de tipo federal.

Centroamérica, en tanto, partió con la firma de la Carta de San Salvador el 14 de octubre de 1951, que dio vida a la primera institución de carácter jurídico, la Organización de Estados Centroamericanos (ODECA), pero la inexperiencia la hizo comenzar la integración del Istmo mediante la creación, en 1958, del Mercado Común Centroamericano (MCC). Es decir, el edificio se inició por el techo, que debió haber sido la culminación de la obra integradora, como en Europa. Las dificultades económicas, la rivalidad entre Estados con economías muy similares y competitivas, así como los infaltables problemas políticos —particularmente el malhadado conflicto entre El Salvador y Honduras en 1969, durante la llamada “guerra del fútbol” o de las 100 horas— dieron al traste con el primer intento serio de integración, a tal punto que medio siglo después Centroamérica todavía no ha logrado consolidar una unión aduanera entre todos sus miembros, requisito básico para conformar un mercado común que desemboque finalmente en alguna institución de tipo federal o confederal como en el caso de Europa.  Las pocas instituciones creadas —la Corte Centroamericana de Justicia (CCA) y el Parlamento Centroamericano (PARLACEN) — son más decorativas que funcionales y  fuera de engrosar la burocracia y recargar los presupuestos de los países miembros, no  realizan a cabalidad una misión integradora. Todavía hoy, a la hora de formalizar un acuerdo comercial con la Unión Europea, Centroamérica no habla con una sola voz, lo que evidentemente debilita su posición negociadora.

Si pensamos seriamente en celebrar el bicentenario de nuestra independencia, es preciso que nos aboquemos desde ahora a realizar las reformas necesarias para que 2021 nos encuentre realmente unidos. La armonización de las legislaciones centroamericanas en los diversos ámbitos (comercial, educativo, migratorio, laboral, financiero, etc.) debe ser la labor principal del hasta ahora ineficiente PARLACEN. Cosas aparentemente tan sencillas como la homologación de títulos y certificados de estudios, reconocimiento o validación de documentos públicos (partidas de nacimiento, matrimonio, defunción), licencias de conducir, la libre circulación de personas en todo el Istmo, el establecimiento de la doble nacionalidad para los centroamericanos en cada uno de los países donde residan mientras los congresos o asambleas legislativas restablecen la nacionalidad centroamericana y otros aspectos no menos importantes, son los que paulatinamente configurarán el sólido entramado sobre el que en su momento descansará todo el complejo sistema de integración que finalmente nos conduzca a la ansiada reconstitución de la unidad perdida.

De otra manera, habrá pocos motivos para conmemorar una efeméride tan significativa como el bicentenario: 2021 marcará solamente una fecha más en el calendario de nuestra infortunada historia y la divisa “Dios, Unión, Libertad”, que nuestros próceres inscribieron en el escudo de la patria grande, seguirá siendo un sueño lejano en un mundo que se empeña en erradicar la idea de Dios, desgarrado por la desunión de sus hijos y donde la libertad parece una utopía.



San José de Costa Rica, 12 de mayo de 2010


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