El ABC de la trata de personas







Por Jader Reyes Galeano

El rostro de "Paco" es como el de todos esos niños que faltan a la escuela para trabajar con sus padres. Ya se lo pueden imaginar ustedes: Las mejillas quemadas y rojizas, la sonrisa apagada; y los ojos dilatados de tanto contacto con el sol. Si "Paco" no perteneciera a esta realidad, sólo bastaría poner un boomerang en sus manos para que parezca uno de esos personajes polvosos, de la película Mad Max Dos, El Guerrero de la Carretera. Él es de esos niños que sus padres los limitan a trabajar junto a ellos para que no falte el bocado en la casa y "Paco" la verdad no se extraña, porque lo ve como algo rutinario.

Aunque de manera inconsciente se encuentra en servidumbre, una de las tantas caras de la trata de personas, un delito tan grave como el tráfico de drogas. El callado "Paco" viste pantalón y camisa, que con sólo verles se parten en dos; y es de los que viven con poco y casi nada. ¡Uuhhh!, cuanto añora los días de clases. Esos en los que al sentarse en los pupitres, cualquiera siente el olor de la madera recorrer cada fibra o el juego a tiempo que siempre le ofrecen sus amigos de colegio a un niño de diez años como él.

Este chavalo -con el cabello tan tieso que cualquier peine si pudiera le pediría clemencia- no olvida cuando empezó de manera un tanto inocente sus días de jornada diaria. Tenía entre seis y siete años y sólo bastó ayudar una vez a cargar el termo de refrescos de chicha a su papá, para continuar haciéndolo desde su casa cerca del barrio La Primavera, al norte de Managua, hasta la parada de buses del lugar. Y de ahí al Mercado Oriental. Desde entonces no ha habido un sólo día en el que no tenga que abandonar la escuela para vender frescos en bolsa, al llamado de quienes lo trajeron al mundo.

"La escuela espera, el trabajo no"

"Me siento horrible porque no estoy estudiando, me preguntan las tablas (completas) y no me las sé, sólo me sé la del uno, la del cinco y la del diez", comenta "Paco", quien cree, no tan convencido, que el retraso en sus años de estudio es por ayudar a sus padres.

—Un domingo hace seis semanas le dije a mi papa: —No quiero ir a trabajar, quiero ir a la escuela y me dijo: —La escuela espera, el trabajo no—, relata con dureza. A "Paco" lo sigue la pobreza como su propia sombra. Además de ser hijo de un vendedor ambulante de refrescos de chicha, que sólo llegó a quinto grado; su mamá es negociante de "frutas y discos (piratas)". Según él, su madre terminó la primaria.

—El año pasado le dije: —Papa tengo que estudiar—, y el me dijo: —¡Ayúdeme, ayúdeme!—, detalla desilusionado, mientras se acomoda el par de chinelas de hule, que hace unos minutos, recogió del centro de una cancha de baloncesto, donde juega al fútbol, cuando asiste a lecciones de "reforzamiento", en una escuelita del Mercado Oriental.

"No me quiero quedar burra"

En un mundo como el que le dibujan sus padres a "Paco", habita "Mari", de once años, quien por su manera de hablar se acerca más a alguien que ha vivido mucho. "Mari", más que flaca, es delgada y tiene esa magia de quien ofrece su amistad desde la primera vez que estrecha la mano. Su sonrisa es pura. ¿Todas las niñas de once años tendrán esa sonrisa? Nadie sabe, pero la de ella irradia mucho de la ternura de esos bebés de meses de nacidos.

Es difícil sopesar si la vida de "Mari" es más dura que la de "Paco" o viceversa, pero en la "escuelita" es sabido que son contadas las veces que asiste a clases, porque tiene que cuidar casi siempre a tres hermanos menores en su casa, en el barrio Buenos Aires, al oeste del Oriental, mientras su papá trabaja en construcción y su madre, de 37 años, ofrece piedra pómez en canasto. "Mi mama me sacó de la escuela para que cuide a mis hermanitos chiquitos", cuenta "Mari", quien aún no pasa de segundo grado. Hoy que pudo ir a lecciones de "reforzamiento" viste de jeans "tubo" y desteñida blusa de tirantes.

Antes de continuar, hace una pausa, se sienta en un pequeño muro frente a un patio que sirve para estacionar vehículos, se queda pensativa y dice: "Yo quiero estudiar, quiero salir adelante, tener una mejor vida, no me quiero quedar burra". La escuela a la que asiste ella y "Paco" rinde culto a la enseñanza, tiene letras pintadas de todos los colores en la pared verde tenue, pupitres para todas las edades, lava manos y murales que sentencian: "La niñez tiene derecho a la educación". Las tres aulas albergan a 185 niños para afianzar los conocimientos, que aprenden en sus centros de estudios regular, a los que tampoco acuden "Paco" y "Mari".


Comments